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Episodio 2: de tatamis, barbas y leyendas japonesas

  • Foto del escritor: Uke
    Uke
  • 10 oct 2025
  • 2 Min. de lectura

Konnichiwa, aventureros! Hoy mi aventura me lleva hasta el país del sol naciente.


Aquí Uke, reportando desde Japón, donde he descubierto que mi nombre tiene más miga de lo que pensaba. Resulta que uke, en las artes marciales japonesas, es el compañero que recibe la técnica, el “receptor”, vamos, el que sabe parar los golpes. También es el arte de caer y rodar correctamente… cosa que me viene al pelo, porque soy de los que se escabullen cuando no me apetece que me olisqueen este culete: un salto por aquí, una rodada por allá y ¡zas!, ni me huelen.


Después de conocer lo que significa mi nombre y darme cuenta de lo bien que encaja con mi forma de ser, paré en Shibuya, donde conocí la historia de Hachiko, un akita que nació en una granja y fue adoptado por el profesor Ueno. Cada día acompañaba a su humano a la estación, y al final del día, volvía a recibirlo. Hasta que un día, el profesor no volvió… pero Hachiko siguió esperándolo, día tras día, hasta que se convirtió en estatua. Una historia conmovedora de amor perruno (lealtad nivel premium. Sé de lo que hablo: la llevo en cada pelo de mi cuerpo serrano).

Image by Nick115 from  Pixabay
Image by Nick115 from  Pixabay

Y es que aquí en Japón parece que hasta el insecto más diminuto tiene su propia leyenda… incluso los mayores enemigos de mis ancestros —las ratas— tienen su rinconcito de gloria. En el Kojiki, una crónica japonesa del año 712, se cuenta que una rata salvó al dios Okuninushi de morir quemado, enseñándole el camino hacia un agujero subterráneo. Desde entonces, las ratas son consideradas guardianas en algunos santuarios dedicados a él. Eso sí, no parecen demasiado populares… menos mal, no vaya a ser que se les suba a la cabeza a todas las ratas del planeta

Koma-nezumi del santuario Otoyo de Kioto (CC BY-SA 4.0 Wikipedia / Bittercup)
Koma-nezumi del santuario Otoyo de Kioto (CC BY-SA 4.0 Wikipedia / Bittercup)

Para finalizar, no podía dejar de darme un capricho en una peluquería canina en Harajuku ¡Madre mía! Aquí han perfeccionado el arte de que los schnauzers parezcamos peluches andantes. Me hicieron un corte redondo en la barba y ahora parezco un osito kawaii con patas. Hasta yo me derretí al verme en el espejo.


Y con el alma llena de sabiduría japonesa y la barba más suave que un mochi, sello el pasaporte y me preparo para la próxima parada: tierra de montañas y cielos infinitos.


Sayōnara aventureros. Mata ne!


Uke ✈️🐾 explorador de día, peluche de noche

 
 
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