Episodio 17: de divanes silenciosos, poemas con babas y terapia con cola en Viena
- 23 ene
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Hallo, exploradores…
Aquí Uke en la ciudad de Viena, donde los edificios son enormes, los cafés eternos y la gente se sienta durante horas mirando una taza como si dentro hubiera respuestas importantes.
Yo miro la taza por si cae algo.
Spoiler: no cae nada.
Aquí el café no es una bebida para llevar: es una institución social profundamente arraigada.
Yo lo respeto.
Pero lo que realmente me ha conquistado es que las salchichas estén al alcance de la pata. Hay puestos de salchichas calientes por toda la ciudad.
Es imposible no olerlos…
Y eso me parece una tradición mucho más reconfortante e irresistible.
Me siento como un pequeño aristócrata en estas calles: con mi barba bien recortada y el pecho erguido. Me dejan entrar en tiendas y restaurantes elegantes, no sé si es por mi barba bien peinada o porque abren sus puertas a todos los que tenemos cuatro patas
La gente camina con una elegancia que te obliga a ir despacio… aunque seas un schnauzer con prisa interior.
Entre paseo y paseo, me han contado la historia de una perrita que no necesitaba hablar para entenderlo todo.
Se llamaba Jofi.
Significa "belleza"
Era una chow chow, de lengua azul y mirada profunda.

Vivía con Sigmund Freud que era un humano que pensaba mucho.
Muchísimo.
Dicen que, en sus últimos años, prefería la compañía de los perros porque su cariño era limpio y sin dobleces.
Jofi llegó cuando Sigmund ya había pensado casi todo, no le pedía explicaciones.
No le exigía respuestas.
Eso, para alguien que se pasaba el día analizando emociones humanas, debió de ser un descanso enorme.
Los humanos son criaturas extrañas
Envuelven lo que sienten en capas de modales, como si fueran un strudel bien enrollado, para que no se note lo que hay dentro.
Nosotros, en cambio, somos de ideas claras:
si tengo hambre, lloro;
si tengo miedo, me pego a ti;
si quiero mimos, los pido
Puro instinto.
Mucho más práctico.
Jofi se tumbaba en el despacho, cerca del diván, mientras los humanos hablaban de sus cosas complicadas. Freud observaba a Jofi.
Si ella se relajaba, todo iba bien.
Si se tensaba, algo no estaba bien.
Y como buen amante de la rutina, cuando Jofi se levantaba, bostezaba y se dirigía a la puerta.
La sesión había terminado, no le hacía falta comprobar el reloj.
Puntualidad canina.
Nivel experto.
Dicen que su presencia calmaba a los pacientes.
No juzgaba, no interrumpía …
Jofi demostró que el carácter tranquilo del Chow Chow encajaba perfecto en aquel despacho lleno de pensamientos.
Ella no hacía nada especial.
Solo estaba allí, en silencio, ocupando su espacio.
Y, curiosamente, eso hacía que los humanos hablaran más.
Con el tiempo, los humanos le pusieron nombre y lo llamaron terapia asistida con animales.
Yo lo llamo sentarse cerca cuando hace falta.
Es fácil.
Los humanos piensan demasiado y ese estrés se huele.
Y Jofi no sólo ayudaba en la terapia, también escribía poemas
Sí , sí, ella y Wolf (el otro peludo de la casa, protector oficial de su hija Anna, podríamos hablar de él en otro episodio).
En el cumpleaños del padre de familia, escribían poemas, los firmaban y lo llevaban en sus collares como regalo...dicen que los escribía la propia Anna, pero yo estoy convencido de que los escribían ellos.
Con ayuda humana, claro.
Pero la inspiración era 100% perruna.
Entre pensamiento profundo y pensamiento sobre salchichas, me acerqué a la Ópera de Viena.

Aquí el año empieza siempre con un concierto especial, lo veo en la tele, vestidos elegantes y aplausos llenos de intensidad.
Yo intenté aprovechar y verlo en directo … pero no había entradas para schnauzers.
Y claro, con tanta calma, tanta música y tanto diván…alguien tenía que encargarse del lado menos elegante de la ciudad.
Porque antes, Viena no era tan limpia como ahora.
Y cuando un schnauzer pisa una ciudad antigua, hay historias que le huelen conocidas.
Aquí también existe una versión de la leyenda del Flautista de Hamelín.
Menos famosa, más vienesa: la del flautista de Magdalenengrund, un barrio donde las ratas campaban a sus anchas.
Tantas, que el barrio llegó a llamarse Ratzenstadl: el granero de las ratas.
Cuenta la leyenda que apareció un flautista con ropa verde y una música horrible.
Tan horrible que las ratas lo siguieron hasta el río y desaparecieron.
Aquí no conocían aún los ejércitos de schnauzers, que hacemos el mismo trabajo y somos felices cobrando en salchichas de cualquier tipo.
Activo mi instinto cazador elegante.
Solo por si acaso.
Y después de esta historia, sello mi pasaporte canino y pongo rumbo al sur, siguiendo un olor profundo y misterioso, a tierra removida y a un tesoro que se come…
Auf Wiedersehen, exploradores.
Uke ✈️🐾 explorador de día, peluche de noche



