Episodio 8: de yodel africano, ratas gigantes y magia selvática
- Uke

- 21 nov 2025
- 3 Min. de lectura
¡Mbote, exploradores!
Hoy he llegado a un lugar donde los árboles parecen columnas infinitas, el aire huele a tierra húmeda y cada sonido suena a naturaleza salvaje.
Aquí Uke, con las patas llenas de barro y con mi uniforme antimosquitos de Scalibur puesto hasta el último pelo de la barba, listo para oler historias entre sombras, humedad y selva espesa
No, hoy no he venido a ver ninguna estatua. Y para ser sincero, tampoco tengo muy claro cómo he acabado en esta parte del mapa… Entre tanta sombra, humedad y raíces gigantes, me he cruzado con una historia que pide a gritos (bueno, sin gritar) su propio episodio: los perros bansui del Congo. No tienen pedestal ni mármol, pero su leyenda corre por estos bosques.

Dicen que estos perros, a los que al principio llamaron “basenchi”, que significa “pequeña cosa del bosque”, llevan miles de años acompañando a las tribus de la zona.
Una de sus cosas más curiosas es que no ladran. En serio. Su “voz” es como un yodel africano, un aullido raro y musical que he intentado imitar… sin éxito. Solo he conseguido que un mono me mirara como si hubiera insultado a su familia.
Son tan silenciosos cazando que parece que se hablan por telepatía. Algunos cazadores les cuelgan pequeñas campanas de madera para saber dónde están, porque si no… desaparecen entre la maleza como ninjas peludos.
Su origen es casi tan salvaje como la selva en la que viven: tienen un ADN antiguo, muy cercano a los lobos que empezaron a convivir con los humanos. Algo de dingo australiano parece, y también llevan un gen felino escondido por ahí: se limpian como gatos y son más independientes que un husky… y eso ya es decir.
Y aquí, en el Congo, la convivencia es total: duermen con la familia, cazan con la familia y comen con la familia.
Son compañeros, herramientas y guardianes, todo a la vez.
Cazan antílopes pequeños, roedores gigantes, puercoespines… e incluso cuentan historias de que ayudan a enfrentarse a leones. Yo eso lo escuché y pensé: “Bueno, yo también podría… dependiendo del tamaño del león… y de si está durmiendo… y de si hay un cristal de por medio.”
Y hablando de valentías africanas…Hoy me he dicho: “Uke, empieza por algo manejable. Una rata gigante, por ejemplo."
Error.
Puedo confirmar oficialmente la existencia de la rata gigante africana: hasta 3 kilos de puro músculo, dientes como cuchillos y una autoestima que ya la quisiera un león.
Yo iba muy convencido, cola en alto… y en cuanto nos vimos las caras, no tenía claro quién estaba cazando a quién.
Digamos que me he retirado con dignidad.
Más o menos.
A ver, que 3 kilos de rata impresionan hasta al schnauzer más valiente.
En medio de esta selva que parece no tener fin, también he conocido uno de sus secretos mejor guardados: el okapi. Parece inventado por alguien que mezcló animales sin mirar: cuerpo de caballo, patas con rayas de cebra, cara dulce… pero en realidad es pariente directo de la jirafa.
Tan tímido que casi ni existe. Yo he visto un movimiento entre los árboles… o eso creo. Igual era una rama. O una sombra. O el mono que se ríe de mí desde hace un rato.

Pero tiene sentido que criaturas así vivan aquí. La Cuenca del Congo es un mundo aparte: selva densa, luz filtrada, humedad que se te pega al alma. Y el río Congo, profundo y enorme, latiendo como una arteria antigua.
En un sitio así, no es raro que el Basenji, los “bansui”, haya evolucionado con esa mezcla de inteligencia, agilidad y misterio que lo hace único.
Supongo que por eso he acabado aquí, aunque no hubiera estatua que visitar.Hay historias que no necesitan bronce para quedarse contigo.
Tokende, exploradores.
Me voy, que creo que la rata gigante se ha tomado demasiado en serio nuestra… carrera amistosa.
Uke ✈️🐾 explorador de día, peluche de noche



