Episodio 14: de silencios largos, bigotes en pausa y guardianes tibetanos
- Uke

- 3 ene
- 3 Min. de lectura
Tashi delek, aventureros…
Uke reportando en modo zen total, con las patas quietas por primera vez que yo recuerde, y la barba cayendo hacia abajo por pura gravedad espiritual.
He conseguido llegar al Tíbet.
Estoy en Lhasa, rodeado por las montañas del Himalaya. Aire puro, cielos despejados y una experiencia casi celestial.

Los antiguos dicen que Lhasa no es una ciudad de piedra, sino un "pedazo de cielo" que cayó sobre la meseta tibetana para que los humanos tuvieran un lugar donde hablar con los dioses.
He venido a un templo tibetano para hacer algo que no se me da especialmente bien:
no hacer nada.
Nada de correr.
Nada de olfatear a lo loco.
Nada de “a ver qué hay más allá”.
Confieso que el primer día miré la puerta varias veces.
Por si acaso.
Y fue aquí donde conocí al verdadero protagonista del lugar:
el Lhasa Apso.
Pequeño, peludo, con cara de “yo ya estaba aquí antes que tú”.

No es explorador.
No es aventurero.
Es guardián del interior.
Mientras los grandes mastines tibetanos protegían los muros exteriores, los Lhasa Apso vigilaban dentro de los templos.
Eran el equipo de vigilancia perfecto, seguridad interior y exterior, versión ancestral, sin cables ni sensores.
Su nombre original, Abso Seng Kye, significa "Perro Centinela Rugidor".
Su tarea no era cazar, sino escuchar. Mientras los monjes meditaban en silencio absoluto, el Lhasa Apso permanecía sentado junto a las pesadas puertas de madera. Se decía que sus oídos podían percibir el susurro de un pensamiento o el paso de un espíritu.
No corrían. No perseguían.
Escuchaban en modo ultrasónico y avisaban.
Y tengo que admitirlo: al principio pensé que no íbamos a llevarnos bien.
No parece hecho para la aventura, pero ojo…no te dejes engañar por su largo pelo de seda que barre el suelo.

A pesar de su tamaño, tiene espíritu de perro gigante y una seguridad en sí mismo que impresiona.
He visto a Lhasa Apso dirigir a esos mastines, sus compañeros de equipo.
Los monjes dicen que el Lhasa tiene corazón de león…pero es que los mastines directamente parecen leones de verdad.
De los de melena, tamaño XXL y cara de no discutirles nada.

Además, existe la creencia espiritual de que los cuerpos de estos perros, de los Lhasa, pueden albergar las almas de los lamas que no han llegado al Nirvana y están esperando su próxima reencarnación.
Asi que yo miro, escucho y sigo las normas del retiro con respeto absoluto. Nunca se sabe cuántos lamas reencarnados te están vigilando desde debajo de tanto pelo.
Aquí en el templo, el día se mide por rezos, cuencos… y siestas.
Siestas muy largas.
Empiezo a sospechar que el Lhasa Apso inventó la pausa antes que nadie.
No hay ratas que perseguir, pero sí pequeños ratoncillos escondidos entre muros antiguos.
Nada de caza. Solo vigilancia discreta.
Aquí todos los seres sintientes tienen derecho a estar, y yo he venido a sumar karma positivo, así que observo… y aprendo.
Un schnauzer puede adaptarse.
Con esfuerzo.
Y ahora, sentado al sol, con el hocico caliente y la mente sorprendentemente tranquila, empiezo a entenderlo.
Este retiro espiritual me ha enseñado a estar tranquilo… aunque no ha sido fácil.
Al principio, mi cabeza no paraba:
“Uke, salta ahí.”
“Uke, aquí huele a historial orinero… tenemos que dejar un mensaje.”
“Uke, mira esa pika (una especie de ratón con orejas redondas que aquí se cree liebre), te está poniendo a prueba.”

Pero poco a poco, la vocecilla se ha ido calmando.
Y he descubierto algo sorprendente: no todo movimiento es avanzar.
Así que hoy sello mi pasaporte canino sin moverme del sitio.
Porque a veces, viajar también es quedarse.
Mi próxima aventura volverá a ponerme en marcha…he oído historias de un perro que cruzó medio mundo para volver a casa.
Pero esta calma, creo que me la llevo puesta.
Zàijiàn, aventureros. Nos vemos pronto .
Uke ✈️🐾 explorador de día, peluche de noche



