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Episodio 4: de rascacielos, ratas y héroes de cuatro patas

  • Foto del escritor: Uke
    Uke
  • 24 oct 2025
  • 2 Min. de lectura

What’s up, aventureros, aquí Uke, reportando desde una metrópoli de película: rascacielos que rozan las nubes, bocinazos que marcan el ritmo del día y olor a perrito caliente en cada esquina. 


Cada rincón parece un decorado: taxis amarillos, vapor saliendo de las alcantarillas…bienvenidos a Nueva York, la ciudad que nunca duerme, ni siquiera las ratas.


Sí, también están aquí. Las he visto corriendo por el metro, dueñas y señoras de los túneles. Pero tranquilo, Nueva York, que si me das una correa larga y un billete de metro ilimitado, os dejo ese problema resuelto en una semana.


Y entre edificios y ruido, se abre un oasis: Central Park. Árboles, ardillas, músicos callejeros y hasta un castillo, sí, uno de verdad con lago a sus pies incluido. Olfateo a hojas y a historias antiguas.


Boaventuravinicius, CC BY 4.0
Boaventuravinicius, CC BY 4.0

El castillo Belvedere, significa “bonita vista”, y no podía tener otro nombre porque parece sacado de un cuento. Tiene torres desde las que se ve todo Manhattan y un aire que mezcla historias de hadas y piedra encantada. Yo ya me veía con capa, escoltando carretas y abrazando patas de caballo como mis antepasados… pero me conformé con una ardilla que casi me roba una chuche.


Y allí, entre bancos, estatuas y puentes famosos, descubrí una estatua especial. Un perro fuerte, con mirada serena y orejas erguidas, vigilando el parque como un guardián eterno, casi como si estuviera preparado para salir corriendo si le engancharan un arnés. Con la cabeza, pecho y lomo pulido como marca de las toneladas de cariño que ha recibido de cada visitante que viene a verle.


Tony Hisgett CC BY 2.0
Tony Hisgett CC BY 2.0

Se llama Balto,

Un mestizo de las grandes razas de perros de trineo: huskies, malamutes, perros de Groenlandia y antiguos perros de aldea asiáticos, todos con ADN que saben trabajar en frío extremo.


En 1925, en plena epidemia de difteria que amenazaba a los niños de Nome, en Alaska, en medio de un violento temporal de nieve, donde los aviones no podían volar y los trenes estaban enterrados en nieve, se organizó una carrera de relevos con equipos de trineos para llevar la medicina a través de más de 1.000 km de territorio helado.


Balto lideró el último tramo entregando con éxito ese suero que pudo salvar vidas y evitar una catástrofe humanitaria. Pero su estatua rinde homenaje a todos ellos, perros heroicos que disfrutan tirando de un trineo… ya sea para salvar vidas o para perseguir una salchicha.


En su placa:

“Resistencia, fidelidad, inteligencia”, tres palabras que podrían estar grabadas en cada collar.


Yo me siento totalmente identificado, llevo un husky en mi interior si no, que se lo pregunten a mis humanos que les llevaría en trineo si me dejaran y podríamos hasta volar...estoy seguro, peso 8 kilos, pero mis patas tienen magia y fuerza para arrastrar 100 veces mi cuerpo.


Ahora, con el viento de Central Park despeinándome la barba y un perrito caliente en el horizonte, sello mi pasaporte canino y pongo rumbo a mi próxima parada: un lugar donde los ladridos se mezclan con los aplausos, y las barbas —como la mía— compiten por brillar en la pista.


See you soon, aventureros — same schnauzer, new city


🐾 Uke, explorador de día, peluche de noche


 
 
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