Episodio 10: de montañas nobles, bigotes que rescatan y huellas alpinas suizas
- Uke

- 5 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Bonjour, aventureros…
Aquí Uke, con el hocico frío y la barba moviéndose con el viento helado de los Alpes. He llegado a ese rincón del mundo donde todo huele a pino, a nieve recién caída y a historias antiguas que crujen como la madera de una cabaña.
Nada más poner mis patitas en Suiza, he sentido un aire distinto. Es un silencio especial: no vacío, sino lleno. Lleno de montañas gigantes, de cuervos que sobrevuelan los picos, de campanas a lo lejos… y de ese olor limpio que te invita a levantar la cola y sentirte explorador de verdad.
Hoy he venido a conocer la historia de Barry, el San Bernardo más famoso de Suiza.
En el paso montañoso entre Suiza e Italia, pero suelo francés, está el Refugio del Gran San Bernardo, donde los monjes acogían a los viajeros perdidos entre tormentas y nieve. Allí, entre túneles blancos y silencios eternos, trabajaban en equipo: monjes y perros, llevando esperanza entre ventiscas.

Barry no era un perro cualquiera. Tenía un olfato muy agudo, un corazón enorme y unas patas capaces de abrirse camino entre ventiscas imposibles. Cuando encontraba a alguien, corría a avisar a los monjes, que acudían con camillas para salvar vidas. Una auténtica patrulla heroica.
La historia más conocida es la del niño al que encontró congelado entre la nieve. Barry lo calentó, lo animó a subir sobre su lomo y lo llevó de vuelta al hospicio, paso a paso, como un verdadero gigante con alma de fuego.

Dicen que salvó a más de 40 personas.
Cuarenta.
Yo, con que me salga un rompecabezas nivel 2 ya me siento campeón… imagínate eso.
Entre tanta nieve pensé que aquí no habría roedores, pero resulta que los Alpes tienen sus propios habitantes: los ratones alpinos. Pequeños, veloces y expertos en construir túneles bajo la nieve. Por lo visto, ahí dentro se forma un microclima calentito que les protege del frío… y de depredadores grandes como yo.
Cuando los imaginé corriendo justo bajo mis patas, me entró ese instinto schnauzer elegante que te sube desde las cejas hasta la punta del rabo.
Nada de caza, ¿eh?
Solo inspección profesional.
Después de seguir las huellas de Barry por estos paisajes, he bajado hasta Berna. Allí, en el Museo de Historia, hay una figura dedicada a él. Por lo visto, Barry vivió aquí su retiro acompañado de su monje preferido, y tiene sentido… Con su casco antiguo medieval y el río Aar rodeándolo, es una ciudad que combina historia con belleza natural. Perfecta para pasear y dejar que te dé el aire fresco en la barba.

He terminado el día recorriendo los mercados navideños de Berna , sí, sí, son varios, porque aquí se lo toman muy en serio. Cada uno tiene su propia temática y cada rincón huele a canela, madera calentita y chocolate que no puedo comer, pero que huele a gloria.
Me he perdido entre luces, casetas y decoraciones brillantes, moviendo la barba como si fuera un faro.
Y sí… me voy con la barriga llena de salchichas a la parrilla, fondues y galletas de jengibre. También me llevo un peluche de reno para mi colección.
Ahora, con el corazón lleno de montañas, héroes y una barba un poco más sabia, sello mi pasaporte canino y pongo rumbo a una aventura donde me espera un perro enorme… hecho de flores.
Au revoir, aventureros. ¡Nos vemos pronto!



